Tras todo el teatrillo al que nos han sometido en este mayo electoral, los partidos del sistema
han tardado poco en quitarse las caretas. Durante este mes de junio, debido a la fragmentación
política, se han visto obligados a sentarse para negociar el gobierno del país, de las comunidades
autónomas y de las principales capitales. Pocos, habrán podido escapar del avasallamiento de
noticias diarias sobre la evolución de los pactos entre los distintos partidos, y sus disputas de
poder que impiden la conformación de gobiernos.

 

Sin embargo, todos aquellos que siguen los acontecimientos diarios se habrán dado cuenta de
cuál es el verdadero motivo por el cual no se han cerrado dichos pactos, y este no es otro que la
pugna carroñera de estos partidos corruptos por conseguir el mayor número de Ministerios,
cargos y sillones para su camarilla de turno. Como si de arte de magia se tratase, han olvidado
todas aquellas promesas electorales con las que decían que iban a conseguir que el país
progresara, que se redujese el paro, se mejorasen las condiciones laborales, en definitiva, de
aquellas medidas que iban a servir para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores.

 

Hemos visto cómo el PP tras las peores resultado de su historia en Elecciones Generales, se
muestra cómodo en su posición de primer partido de la oposición, como no le importa ceder
ante los deseos del Partido Socialista, si así consigue lo que quiere. Actitud que también
mantiene Ciudadanos y Vox, a pesar de las absurdas actuaciones payasiles a las que nos tienen
acostumbrados.

 

Por el contrario, el Partido Socialista ha sido el gran vencedor de la contienda, triunfo que no
viene como consecuencia de sus propios actos sino por el descalabro de su principal aliado,
Podemos. Si alguien ha marcado la política del país en el mes de junio, ha sido la formación
liderada por Pablo Iglesias, pero a su desgracia, por las señales evidentes de descomposición y
destrucción reflejadas en los desastrosos resultados electorales obtenidos.

Tras una ridícula campaña, en la que la formación morada se mostraba como el “gobierno del
cambio”, la “izquierda verdadera” o el único baluarte de los trabajadores capaz de derrotar al
“trifachito”, Podemos Unidas se ha dado de bruces con la realidad. Los resultados le han hecho
ver que su política posmoderna más preocupada por los intereses de las minorías marginales que
por los problemas reales a los que se tiene que enfrentar diariamente la mayoría de la sociedad,
junto a su política de medias tintas y mamporrera de las grandes empresas, solo genera el
rechazo de la mayoría del país.

Tras este fracaso, y como no podía ser de otra manera, Podemos ha dejado de colgarse las
medallitas del partido más de izquierda y más progre, ha dado un “giro” al centro y pretende
mendigar a cualquier precio un gobierno de coalición en el que conseguir algún ministerio.
Tarea que se les muestra imposible al no haber conseguido la representación suficiente en las
comunidades autónomas y principales ciudades con la que pretendía chantajear al Partido
Socialista, allí donde no tuviese la mayoría suficiente para gobernar. De esta forma el partido de
Pablo Iglesias deberá conformarse con el famoso gobierno de cooperación si no quiere verse
inmerso en unas nuevas elecciones que supongan su destrucción.

No suficiente con ello, Podemos se bate en una lucha interna entre las organizaciones que la
componen. A un cuerpo en descomposición solo se le acercan carroñeros, y esta vez le han
salido de dentro. La última ha sido Izquierda Unida, paradójicamente, la organización que defendía más firme y radicalmente los ideales posmodernistas y el progresismo acomplejado de
la formación morada. Ante la catástrofe que se les avecina, IU no ha perdido la oportunidad de
ofrecerse al PSOE para conformar gobierno allí donde se les necesite. Sin duda, han dado
muestra de sus más de treinta años de experiencia en una política oportunista y traicionera de
supervivencia.

Sin embargo, tras el triste panorama político que dejan las últimas elecciones, a los trabajadores
de este país se les presenta una nueva oportunidad. Una oportunidad para construir una
alternativa política real alejada de toda la putrefacción que representan los partidos políticos del
sistema. Un partido, que lejos de preocuparse por el reparto de poder se preocupe por la
situación real de los trabajadores y el desarrollo del país. Un partido firme en sus principios,
basados en los intereses de la clase trabajadora, y no en unos principios cambiantes basados en
las ideas posmodernistas que se encuentren de moda. Un partido, cuyo emblema sea el trabajo
organizado, sacrificado y honrado de las bases, y no el interés de los políticos de turno que los
dirigen. En definitiva, una oportunidad de construir un partido político que vaya más allá de los
parlamentos y gobiernos, que no los abandone tras las elecciones y que se encuentre luchado
codo a codo junto a ellos en sus luchas diarias, y esa alternativa no es otra que la construcción
del Frente Obrero.

 

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